El Manto Amarillo

El Manto Amarillo

Author:T. Lobsang Rampa
Language: es
Format: mobi
Tags: sf_history
Published: 2011-07-01T22:00:00+00:00


CAPÍTULO IX

Me hallaba en el techo del almacén, muy por encima del terreno circundante. Delante de mí se extendía todo el valle de Lasa, verde y bello, con sus casas de colores y el azul del Puente de Turquesa. Más lejos, el techo dorado de la catedral de Lasa centelleaba fuertemente y se alzaba como se había alzado durante siglos, desafiando a las tormentas. Detrás de mí, aunque en esta ocasión no volví la cabeza, corría el Río Feliz, y más allá se alzaba la imponente cordillera con los pasos que llevaban cada vez a mayor altura y luego descendían por grandes gargantas, grandes desfiladeros, hasta que uno podía volver la cabeza y ver el extremo de Lasa. Luego, irguiéndome y mirando en dirección de la India, podía ver parte del Nepal, parte de Sikkim y parte de la India. Pero ese era un espectáculo común para mí, lo conocía bien. En aquel, momento toda mi atención se concentraba en la ciudad de Lasa.

Debajo de mí, a la derecha, o más bien casi directamente debajo de mí, se hallaba la Puerta Occidental, la entrada a la ciudad, abarrotada como siempre con mendigos que pedían limosna, peregrinos que esperaban la bendición del Dios, y mercaderes. Yo estaba allí, protegiéndome los ojos de la fuerte luz para poder ver más claramente y el viento me traía las voces:

"¡Una limosna! ;Una limosna por amor de Dios! ¡Una limosna para que en tu hora de aflicción puedas recibir también ayuda! Y desde otra dirección:

—¡Oh, esta es una verdadera ganga! ¡Diez rupias solamente, diez rupias indias y te llevarás este artículo precioso! No volverás a ver nada parecido porque los tiempos cambian. Pero como has sido un buen cliente te lo dejaré por nueve rupias. ¡Dame las nueve rupias y te lo entregaré y nos separaremos como buenos amigos!

Por el Camino Circular de abajo avanzaban los peregrinos, algunos tendiéndose en la tierra, levantándose y volviendo a tenderse, como si esa forma peculiar de locomoción les ayudase a salvarse. Pero otros caminaban erguidos, contemplando las tallas de las rocas, las tallas de las rocas de diversos colores que constituían una de las características más bellas de aquella montaña. Cuando llegaban a la vista les oía murmurar: "En el techo hay alguien que nos está mirando. ¿Será un lama?" Eso casi me hizo reír. Yo, un muchacho apostado arriba con la túnica andrajosa azotada por el viento, ¿un lama? No, todavía no, pero lo sería andando el tiempo.

Los peregrinos murmuraban su eterno "¡0m mani padme! ¡Hum!". Los mercaderes trataban de venderles amuletos, ruedas de oración y horóscopos. La mayoría de los horóscopos, talismanes y amuletos habían sido hechos en la India e importados, pero los peregrinos no lo sabían, ni sabían que ninguna de esas cosas había sido bendecida de la manera prometida. ¿Pero eso no sucede en todos los países, en todas las religiones? ¿Los mercaderes no son iguales en todas partes?

Yo miraba desde mi alta alcándara, miraba en dirección de Lasa, tratando de penetrar la



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